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El desafío energético y los dilemas del desarrollo

El dilema energético del desarrollo es el verdadero desafío de nuestra especie. Y aunque aún no sabemos cómo enfrentarlo, ni tampoco si nos alcanzará el tiempo para reaccionar, podemos ver numerosas señales de los movimientos de transición hacia las energías renovables y la toma de conciencia de empresarios que lideran proyectos de transformación hacia un mundo más sostenible.

La Agenda de Acción Lima-París (2015) marcó una nueva etapa de la acción climática global. Involucró a actores estatales y no estatales (empresas, gobiernos nacionales y subnacionales, sociedad civil organizada, jóvenes e instituciones académicas) para avanzar, entre 2020 y 2050, hacia una economía sin carbono.

Junto a los gobiernos, las empresas tienen un papel esencial en este nuevo esquema de trabajo, mediante acciones ambiciosas para acelerar el tránsito entre la vieja economía y la economía sin carbono.

El reciente movimiento de desinversión, que hoy alcanza la marca de 1000 compromisos, que significan casi 8 billones de dólares en inversiones retiradas de proyectos vinculados a la industria fósil, forma parte de esta nueva tendencia.

Durante la era industrial era común que se considerara a la sociedad y al ambiente como subsistemas de la economía, y a la economía como un sistema cerrado. En la actualidad, se sabe que la economía es un subsistema de un sistema mayor y finito que es la biosfera. Para el sector privado, esto implica reconocer el complejo engranaje sistémico en que funcionan las empresas, especialmente las grandes corporaciones.

De hecho, si las corporaciones del siglo XXI quieren ser sostenibles deben poner sus activos organizacionales en la búsqueda de un nuevo tipo de capital, más relacionado con el rendimiento social del trabajo que con el simple rendimiento financiero. He aquí la base de la desinversión en negocios relacionados con combustibles fósiles.

Las corporaciones que deseen sobrevivir (¿en 2030? ¿en 2050?) deben entender, más temprano que tarde, que la amenaza climática global le cuesta hoy en día a la economía mundial más de 150 mil millones de dólares cada año, lo cual repercute cada día en las economías locales. Por lo tanto, si las empresas quieren seguir actuando en esas sociedades, deben contribuir con la adaptación (y adaptarse ellas mismas) para amortiguar los efectos de la crisis sobre la economía.

Esta tarea es, evidentemente, monumental, pero no menos grande es el desafío que hoy afrontamos como especie: salvar la vida. De acuerdo con las previsiones de la ciencia, en especial del Informe 1.5 del IPCC, antes del 2050 habremos llegado al límite del cambio climático en muchas regiones del mundo. Y para detener este escenario se hace necesaria una transformación fundamental de las economías. Ahora bien, nos preguntamos: ¿Qué pueden hacer las instituciones públicas y privadas, en unión con los ciudadanos y los gobiernos locales, para alcanzar la sostenibilidad? ¿Cómo compatibilizar sus propios compromisos con la necesidad que tiene el mundo de acelerar el proceso de sustitución de nuestra dependencia de los combustibles fósiles, que nos devuelva la esperanza?

Si logramos respuestas adecuadas para estas preguntas, habremos empezado a desatar el nudo que une el desafío energético con los dilemas del desarrollo. Este nudo enreda en sí toda la crisis y por ello está en la base del modelo de civilización que, poco a poco, debemos construir, según la certeza de que tenemos que encontrar una terapia de choque contra esta dependencia.

Fecha de creación: 17/12/2018 Fuente: Clarin

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